Benditos sean los mormones
No es secreto que me guste la genealogía. Recuerdo que, de niña, cada vez que podía, le pedía a mi mamá que me contara historias y datos de su juventud y la historia familiar. Ella alegremente accedía; algunas historias y datos todavía los recuerdo, otros no.
En cierta
oportunidad, cuando su hermano Hugo estaba de visita en casa, agarré unos
papeles en blanco y les pedí que me dictaran los nombres del árbol familiar.
Nombres y líneas
que conectaban empezaron a surgir, cada vez que se mencionaba un nombre, la
historia, vida y milagros de esa persona era compartida. Lastimosamente, yo era
muy joven como para entender la importancia de toda esa información y no contaba
con la madurez emocional necesaria para entender todo aquello.
Así que no anoté
datos curiosos o fechas importantes, solo los nombres de las personas.
De alguna forma,
esos papeles sobrevivieron hasta el día de hoy. La palabra milagro viene a mi
mente, puesto que no es un hecho menor:
Sobrevivió años
en un cajón de papeles olvidados, sobrevivió a un traslado de domicilio en el que
un montón de otras cosas importantes fueron dejadas atrás, sobrevivió a un
hermano mayor que encontraba placer en destruir o hacer desaparecer todo
aquello que me gustara, y sobrevivió a “la gran limpieza del departamento 2025”.
Gracias a esa
información recolectada en una tarde hace 40 años, hoy tengo medio centenar de
nombres relacionados con la mamá de mi mamá.
Por otro lado, la
cercanía emocional de mi papá con sus hermanos me dio acceso a la “tribu
Castro”, a algunas historias familiares y a un montón de nombres.
Todos ellos ahora
están ingresando en el árbol genealógico que estoy armando.
Originalmente, el
registro de la “tribu Castro” era mantenido por el primo Roni. Cuando le pedí que
me compartiera una copia, él muy amablemente me redirigió a sus “ayudantes”: un
tío y un primo.
Ese fue un
callejón sin salida ya los ayudantes perdieron sus copias.
Entonces,
milagrosamente apareció una página en el Internet que contiene los registros
más completos de este lado del mundo, ya que sus administradores se ocuparon de
fotografiar los registros de nacimientos, bautizos, matrimonios, defunciones,
inmigraciones y otros datos legales de la Iglesia Católica desde el año 1566
hasta el 2020.
¿El precio para
acceder a esta información? Solo tu nombre, los nombres de tus padres, fechas,
lugares de nacimiento y defunción.
Para personas
como yo, tener acceso a esos registros e información es un tesoro gigantesco.
Los curas nunca
han sido muy de mi agrado, en especial desde que me enteré de la Santa
Inquisición y persecución a los judíos, brujas y gente divertida. Pero ¡lo
admito! Los curas también mantenían registros bastante completos… en algunas áreas.
Ahora ya no puedo
criticarlos mucho. Sus registros me llevaron a conocer un montón de ancestros
apellidados Urquidi; el más antiguo nació alrededor del año 1650 en España.
En la siguiente
generación, los Urquidi ya tenían a un sobrino inquisidor encargado de
arrestos y confiscación de bienes.
Hay un montón de
oficiales del ejército, tías solteronas, curas y familias con un gran número de
hijos.
Por otro lado, resulta
que mi abuelo materno nació el 10 de abril de 1899 en Potosí y que se casó el
28 de mayo de 1925.
Si bien todavía no encuentro los registros de bautismo de mis padres y hasta ahora, solo la rama Urquidi es la que consta de más de 5 generaciones, todo esto es solo el principio.
Comentarios
Publicar un comentario