Memoria: Mamina

 Mi mamá era bajita de estatura, solo 150 cm de estatura, flaquita, pesaba 38 kg; cada vez que lograba subir un kilo de peso era motivo de celebración en casa.

Cabello negro y ojos azules, tez clara, muy parecida a la bisabuela Isidora, ya que compartían estos rasgos físicos, pero tenía la nariz y boca del abuelo Manuel.

Mi mamá era tímida, introvertida e insegura de sí misma; sin embargo, cariñosa y juguetona. Su palabra favorita era “¡Mecacho!”, ella nunca decía malas palabras conscientemente, normalmente no se daba cuenta de que tal o cual era una mala palabra al contar un chiste, hasta que le hacían notar el error. Entonces se ponía roja como un tomate y no sabía dónde esconderse.

Brillante con las agujas de tejer, cada miembro de la familia tenía un gran repertorio de chompas; fue todo un shock para mí tener que comprar chompas después de su muerte.

Despistada. La cantidad de veces que, arreglando las camisas de mi papá, accidentalmente coció una de las mangas a la frazada de protección sobre la mesa de planchar o coció el puño de la manga de forma que nada pueda pasar; solo había una forma de descubrir el error: prestar atención porque invariablemente un “¡Mecacho!” se escucharía por ahí.

Fue mi mamá quien me enseño a bailar el Twist, fue mi mamá quien me coció una manta alrededor de mis piernas cada noche para evitar que me destapara mientras dormía, fue ella también la que despertó a mi papá la noche en la que me caí de mi cama con ese saquillo de tela, rodé hasta estar debajo de la cama de mis padres y al no poder salir de ahí por tener las piernas “inmovilizadas”, decidí quedarme debajo de esa cama a dormir. Recuerdo a mis papás jalándome y luego cargándome de vuelta a mi cama.

A mi mamá le gustaba salir a caminar en la madrugada, ver las flores de las casas y coleccionar hojas que guardaba entre las páginas de libros. En caso de estar despierta, acompañaba a mi mamá en estas aventuras; a partir de cierta edad, ella se ocupaba de la ruta de ida y yo tenía que ingeniármelas para trazar la ruta de vuelta. Ella me enseñó a leer el nombre de las calles en las plaquetas de numeración de las casas; gracias a ella es que empezó mi gusto por la botánica y mi amor por las plantas.

Cuando yo tenía alrededor de los diez años de edad, mi mamá me llevó al mercado “La Pampa”, me mostró cada sección, inclusive el Mercado Negro, donde había una pobre boa atrapada en un turril. Bromeando me preguntó si yo quería ser vendida y yo empecé a llorar, eso hizo que saliéramos de ahí.

Mi mamá me enseñó a ser independiente y a tener seguridad en mí misma al moverme por las calles.

Memorias de mi infancia junto a mi mamá podrían llenar tomos enteros.

Mi adolescencia se ve nublada por todos los tipos de cáncer que le diagnosticaron conforme pasaba el tiempo; el dolor, la enfermedad, la preocupación y mis características propias de adolescente coincidieron en demasiados encontrones emocionales; de ser mejores amigas, pasamos a ser casi enemigas.

No puedo decir que se fue antes de que yo madurara, pasarían muchísimos años antes de que yo lograra madurar. Yo era emocionalmente una niña con cuerpo de mujer.

Mi mamá era cariñosa y maternal, a pesar de no haber sentido el amor de mamá cuando ella era pequeña, puesto que la abuela Hortensia no parecía tenerle simpatía alguna, mi mamá nos crió a todos lo mejor que pudo, cuidó a mi papá con todo el afecto, respeto y cariño del mundo.

Mirando hacia atrás, ahora puedo ver con un poco más de claridad sus virtudes y defectos; algo que antes no me había dado cuenta era la cantidad de secretos que mi mamá guardaba, tanto pequeños como grandes acontecimientos.

Por tema de mantener los trapos sucios dentro de casa, el famoso “qué dirán los demás”, mantener las apariencias y el “si no se habla de ello, es que no ha ocurrido”, mi hermana Ivi y yo tuvimos experiencias y conocimientos completamente distintos de la vida familiar. A mi parecer, el haber guardado todos esos secretos y no haber expresado lo que sentía, fue una de las causas del cáncer que aquejó a mi mamá.

Mi mamá nació en Machacamarca, Oruro, el 29 de diciembre de 1938. Su papá, Manuel, era el médico de la mina y su mamá, Hortensia, era ama de casa. La menor entre siete hijos vivos es la única mujer. Si bien la costumbre de la época era enseñar a las hijas a ser buenas esposas y madres, mi mamá no tuvo acceso a este aprendizaje; la abuela le tenía prohibido acercarse a la cocina o a las agujas.

Empezó el colegio en tercero básico y solo tuvo acceso al cariño maternal cuando se fue a vivir a Sucre, durante los años que estudió para ser profesora, ya que vivió en la casa de su tía Asunta.

Mi mamá me contó muy poco de su infancia y juventud, un aire de tristeza la envolvía cada vez que le preguntaba, pero se le iluminaban los ojos al hablar de Sucre.

-       Recuerdos recopilados de Susi Castro

Memorias del abuelo y los tíos dejaré pendientes para otra entrada.

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