Operación Fiesta y Operación Concierto

¿Cuándo fue la primera vez que me escapé de mi casa para ir a una fiesta? Recuerdo que era sábado. Al llegar a mi casa de la reunión de los Scouts, mi papá empezó a reñirme por la hora a la que llegué.

Recuerdo que eran alrededor de las siete de la noche; era verano, por lo que no estaba ni siquiera oscuro; entonces, el teléfono sonó; mi prima Ceci me llamaba para invitarme a salir.

Antes de que pudiera responder, mi papá adivinó el contenido de la llamada y, en tono enojado, me gritó que ni siquiera lo pensara, que no lo permitiría.

Ceci escuchó los gritos de mi papá; yo solo le dije que la llamaría después.

Mi papá me terminó de reñir y yo me fui a mi cuarto.

Toda la situación era injusta porque no era tan tarde; yo siempre llegaba de los Scouts alrededor de la misma hora y no era como si saliera todas las noches.

Entonces, llamé a Ceci y le dije que nos veríamos en la avenida que estaba a una cuadra de mi casa a tal hora.

Mi papá y yo cenamos; él se quedó leyendo y medio viendo alguna película en el cuarto de estar. Yo me metí a mi cuarto y me puse ropa de fiesta.

Amarré una cuerda a la pata de mi escritorio de metal y quise bajar colgándome por la ventana hasta el patio. Mi intuición me gritaba que era mala idea, así que me puse pijama encima de la ropa de fiesta, lancé mis botas de fiesta por la ventana y me fui al cuarto del escritorio donde se encontraba la computadora; la prendí e hice correr el antivirus. Eso tomaría horas.

Luego salí al patio por la cocina, dejé mi pijama dentro de la casa de mi perro Topy y fui a recoger mis botas de fiesta. Sin ponerme las botas, solo en calcetines, fui a la puerta que daba a la calle y salí sin hacer ruido.

Caminé en calcetines la cuadra hasta la avenida y solo me puse las botas cuando vi el auto en el que estaba Ceci con sus amigos.

Fuimos a la casa de alguien que no conocía a un par de cuadras de la Universidad San Simón. Bailé y tomé por la travesura y el éxito en la salida hasta cerca de las 4 am. Entonces, el dueño del carro nos devolvió a todas nuestras casas.

En mi caso, me dejó en la esquina, lugar donde me saqué las botas de fiesta y lo más silenciosamente posible caminé a mi casa.

Recuerdo que en el momento de abrir la chapa, algo me hizo mirar a la izquierda y con sorpresa vi que el esposo de la hija de la vecina estaba abriendo la chapa de su puerta para entrar; él, como yo, estaba cargando sus zapatos en una mano.

Ambos nos miramos y sonreímos por la similitud de nuestras situaciones. Abrí la chapa, entré y cerré la puerta, fui a la casa de mi perro Topy en el patio de atrás donde procedí a ponerme el pijama y dejar las botas de fiesta. Luego fui al cuarto de la computadora. El antivirus no encontró virus y estaba lista para usarse; por lo tanto, la apagué y empecé a subir las gradas que eran famosas por crujir.

En ese entonces, yo vivía mi vida tratando de ser lo más silenciosa e invisible posible. Era peligroso sobresalir, por lo que yo conocía de memoria la ruta en las gradas y maderas para que no me notaran; ello incluía treparse de 4 a 5 gradas por fuera y casi bailar ballet para apoyar solo la punta de los dedos de mis pies en ciertas maderas.

Si bien yo había tomado bastante en la fiesta, el miedo que le tenía a mi papá fue suficiente para devolverme a la sobriedad al instante.

¡Éxito! Llegué a mi cuarto sin hacer ruido y me fui a dormir. También desperté antes de que mi papá fuera a buscarme y aproveché para ducharme, servirme un litro de café y comer un montón de manzanas (por el tufo).

El resto del domingo continué siendo lo más invisible posible y hasta donde yo sé, mi papá nunca se enteró de esa salida ni de que continué saliendo de esa forma por meses.

Cada una de esas salidas se titulaba “Operación Fiesta”.

Una de esas salidas incluyó que despistara a mi hermano porque mi papá viajó a Capinota y mi hermano “controló” que yo llegara a casa en hora, lo saludara y, en teoría me fui a dormir, cuando en realidad fui al baño, luego a mi cuarto y a los quince minutos yo estaba bailando ballet sobre las maderas del piso alfombrado en mi danza para salir de casa para ir a otra fiesta.

La “Operación Concierto” empezó cuando Ceci se trasladó a vivir de vuelta a La Paz. Ella me llamaba para “informarme” de tal o cual concierto y yo pedía permiso para irme de campamento con los Scouts.

Estos campamentos eran cosa común, por lo que siempre conseguía permiso.

El sábado en cuestión, yo no iba a los scouts porque ya había pedido permiso para faltarme y en cambio me iba directo a la terminal de buses donde tomaba una flota a La Paz.

Una vez en La Paz, corría al lugar del concierto donde me encontraba con Ceci, disfrutábamos del concierto y al terminar, Ceci se iba a casa como buena niña, mientras que yo me iba al “Café Ciudad” a leer toda la noche.

Alrededor de las 6 am, tomaba un trufi a la terminal de buses, tomaba una flota a Cochabamba y a dormir.

Llegaba a mi casa a media tarde, cansada, feliz y hambrienta. A los ojos de mi papá, yo siempre llegaba de las actividades de los Scouts cansada, feliz y hambrienta. La única diferencia era que en los Scouts normalmente me hacía alguna avería.

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