Oruro en agosto no es divertido.

En el colegio, yo no era precisamente amiguera, pero me llevaba bien con el chico que se sentaba justo detrás de mí, Augusto Emanuel (Ema). Yo era despistada y descoordinada, eso le hacía reír.

Grande fue la sorpresa cuando nos encontramos en la universidad; él y los chicos del curso se habían mantenido en contacto y unidos a los “Leos”. Este grupo estaba compuesto por los hijos de los miembros del “Club de Leones”, de cierto sector de la ciudad; algo similar a la “Junior Chamber International” (JCI) a la que ya para entonces pertenecía toda mi familia.

Aprovechando que yo tenía amigas solteras, Ema llamó a sus amigos y todos fuimos a una discoteca. Ema y mi amiga Magui se arreglaron de inmediato; fue amor a primera vista. Yo “recuerdo” haber reído bastante y haberme prendido con alguien. Digo “recuerdo” porque me emborraché y solo recuerdo partes de esa noche. Ni idea de la persona con la que me prendí, solo recuerdo que era de mi estatura.

Al día siguiente, Magui, Ema y algunos de los chicos me convocaron a la Plaza principal. Ahí “conocí” a mi prende y ¡sorpresa! Era feo (para mis estándares).

De acuerdo a las “reglas de etiqueta del manual de damas respetables”(aunque ahora creo que Magui y Ema me estaban tomando el pelo), “un prende no se queda solo en un prende, una dama se arregla con el chico en cuestión de forma automática”.

Ni modo, por mayoría de votos (el mío en contra) yo estaba “arreglada” con un muchacho llamado Renzo. Duramos dos semanas.

Afortunadamente, Renzo era muy buena gente, por lo que nos hicimos muy buenos amigos y básicamente, olvidamos el asunto de estar arreglados en especial cuando me presentaron a otro amigo al que llamaré “Escacho”.

El grupo de amigos “Leos” era postulante para entrar oficialmente al “Club de Leos”; ello significaba que tenían que participar en un montón de actividades de bien social; de inmediato yo me uní como postulante.

Una vez fuimos a un orfanato a entregar juguetes, ropa y cereales. Como el lugar estaba cerca de Santivañez, a la vuelta, todos tomamos un poquitito de chicha. Luego fuimos a mi casa a ver un partido de fútbol.

Obviamente mi papá me preguntó el porqué de mi tufo, y yo le respondí que las monjas nos habían invitado un poco de “jugo” de maíz. “¡Mmh!” fue todo lo que mi papá me respondió.

Años después me enteré de que la abuela Julia producía y vendía chicha en Oruro junto a las tías Irma y Zaida. Mi papá no ayudaba porque no le gustaba, pero obviamente podía reconocer el aroma a chicha.

Volviendo a la travesura, yo sabía que mi papá no me creyó la historia, pero no tenía conocimiento de cuánto él sabía acerca del maíz.

Entonces llegó el mes de agosto, específicamente el 9 de agosto: cumpleaños de Ema.

Parrillada en su casa, y obviamente, gran farra. Recuerdo que el papá de Ema llenó un tanque de agua con botellas de cerveza y reía a carcajadas porque entre quince universitarios no pudimos llegar ni a la mitad antes de emborracharnos.

La vuelta a casa fue… interesante: Mi prima Ceci fue conmigo a la famosa parrillada, así que, a la salida, ella, el amigo Escacho y yo tomamos un taxi. La primera parada fue la casa de tía Zaida, lugar donde vivía mi prima Ceci. Estuvimos como diez a quince minutos esperando a que ella entrara. La explicación por la larga espera fue que Ceci no lograba ingresar la llave al candado porque el alcohol le hacía ver doble.

La siguiente parada fue mi casa, donde Escacho también se quedó “por un momento”. La realidad es que los dos estábamos borrachos y románticos, por lo que nos prendimos, y aunque quisimos hacer mucho más que eso, ninguno de los dos estábamos lo suficientemente sobrios para hacerlo.

En eso, mi papá me llamó desde el segundo piso, no recuerdo qué fue lo que vio o intuyó, pero de acuerdo a la entrada en mi diario, “a él lo botó y a mí me pegó”. Recuerdo que mi mamá me gritó; ninguno de ellos creía que yo seguía siendo virgen. Luego de lo que me pareció horas, me mandaron a dormir.

A la mañana siguiente, tipo 7:00, mi mamá me despertó y mi hermano me llevó a la terminal de buses, me iba a Oruro a sacar un nuevo carnet de identidad antes de que el que tenía expirara. Fue un error contarle lo que ocurrió la noche anterior, él se puso del lado de mis padres y me gritó tanto como ellos.

Oruro en agosto no es divertido.

Estando en Oruro, hice las colas correspondientes y saqué el nuevo carnet. Volví a mi casa en la noche. Durante un mes mi papá dejó de dirigirme la palabra, excepto para reñirme. Mi mamá estuvo enojada también y no sabía qué hacer conmigo.

Nunca antes les había dado a mis padres problemas como estos; yo era respetuosa y sumisa. Recuerdo cierta vez que mi prima Carla le preguntó a mi mamá si volví muy cambiada y problemática de mi año de intercambio, ella dijo que yo seguía siendo la misma de siempre. Mis años de adolescencia habían pasado como una brisa… hasta entonces.

¿Funcionaron sus gritos, sopapos y retas? No.

Yo estaba arreglada con alguien que me gustaba, aunque un mes después se fue a vivir a Sucre, estuvimos cerca de ocho meses juntos con una relación a la distancia y varias visitas en medio.

Algo que me enteré esa semana fue que Escacho fue a la parrillada para “despedirse de la vida” porque el siguiente lunes tenía que entrar al Seminario. Gracias a mí o por mi culpa, dependiendo del punto de vista, cambió de opinión.

Una semana después yo me escapé de casa por unas horas, fui a la entrada de Urkupiña a vender refrescos con los “Leos”, los cuales ya estaban prohibidos para mí por ser mala influencia, Magui incluida, y yo estaba prohibida de acercarme a mi prima Ceci por ser yo una mala influencia para ella.

Lo irónico es que cuando tía Zaida vio que Ceci estaba borracha, no solo no le dijo nada, sino que le preparó refresco y sopa para cuando despertara.

Creo que fue ahí cuando empezó mi vida secreta, en agosto de 1998, porque yo empecé a sacar tiempo al tiempo para seguir participando en actividades del Club de Leones.

En cierta ocasión, el Club de Leones recibió la visita de unos oftalmólogos de Europa y la actividad consistía en ir a una provincia específica para que los oftalmólogos prescribieran lentes de forma gratuita a personas de la tercera edad. No recuerdo si diagnosticaron enfermedades también.

Fue una de las actividades que disfruté más. Por unas horas, aprendí lo suficiente de quechua para decir: arriba, abajo, derecha e izquierda.

Ayudé a dirigir pacientes a uno u otro doctor y aprendí que algunas letras del alfabeto sonaban diferentes de lo que conocíamos, pero eran sonidos comunes para los viejitos de esa provincia.

Me moría de ganas de contarles a mis padres lo que hacía, pero estaba prohibida de estar con mis amigos. Y por esa razón es que tampoco se enteraron cuando yo hice mi juramento de Leo.

Dejé la organización en 1999, antes de que muriera mi mamá, yo sabía que mis padres estuvieron en el Club de Leones, pero que se salieron por diferencias de opinión.

 

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