Mi Vida Secreta
Varias veces, mientras escribía acerca de mi pasado, he mencionado “mi otra vida” o “mi vida secreta”. Creo que es momento de hablar de ello un poco más:
Como una
típica adolescente, mi privacidad estaba entre las posesiones más preciadas que
tenía ya que por diferencia de edad y cultura, no sentía que podía confiar en
mis padres.
Siendo
niña, mi mamá me dijo una vez que, aunque mi hermano mayor solía meterse en
problemas, siempre encontraba la forma de enfrentar las consecuencias y
solucionar los problemas por sí mismo.
Probablemente,
la intención de mi mamá era enseñarme a dar la cara cuando me metiera en
problemas; sin embargo, yo interioricé que no debía pedir ayuda cuando me
metiera en problemas.
Por otro
lado, yo siempre he sido descoordinada en mis movimientos y un cacho
despistada; cada vez que volvía a casa de alguna actividad scout, mi papá me
preguntaba “¿Qué me había hecho?” en vez de preguntar “¿Cómo me había ido?”
También
presté atención cuando mi papá me contó que cuando era niño, él y sus hermanas
escondían las heridas y accidentes que sufrían al jugar porque revelarlos
significaría castigo, encima de la herida o chichón sufrido.
Si bien yo
nunca recibí castigo por las heridas y accidentes de los que mis papás se enteraron,
yo interioricé que era mejor esconderlo todo, por si acaso.
Eso,
algunas amenazas de “Le voy a contar al pá lo que hiciste”, junto con las
amenazas del “cinturón” que, aunque nunca se materializaron, estaban ahí, y el
eterno ridículo por medio de “bromas” cuando la familia se enteraba de que algo
me gustaba, fue suficiente para empezar a esconderlo todo.
Mi vida
secreta empezó con cosas pequeñas, por ejemplo: a mis hermanos les gustaba
bailar salsa, a mí también, pero nunca se enteraron de que yo practicaba bailar
solita en mi cuarto. Tampoco se enteraron de que, durante una época, yo barría
todo el patio de mi casa desde las 9 am hasta casi el mediodía todos los
domingos porque una radio FM transmitía el ranking de las mejores Salsas del
“Festival de la Calle 8” de Miami.
Durante
casi tres horas cada domingo por la mañana, yo me ponía los audífonos de mi
Walkman y escuchaba en secreto música salsa. Nunca me animé a cantar en voz
alta, y tenía una excusa válida si alguien me preguntaba qué estaba haciendo,
diría que “Barrer enseña humildad”. Mi familia no se enteró de que en ese entonces
yo soñaba con ser monja.
Nunca me
preguntaron por qué barría, tampoco me preguntaron cuándo dejé de hacerlo
(la radio dejó de transmitir el festival).
Escuchar
música Salsa no es nada malo, no se enteraron simplemente porque yo quería
disfrutar algo sin tener que pensar en “¿Qué dirán los demás?”
Los
secretos van de la mano con las mentiras; el detalle es que el mentiroso tiene
que tener una muy buena memoria.
Lo cual me
trae al top 10 de los episodios más secretos de mi vida:
CBA
No recuerdo
qué edad tenía, era vacación invernal cuando mi mamá me llevó al CBA para
inscribirme en un curso de inglés. Me hicieron una prueba escrita y oral
primero, para saber cuál era mi nivel de avance; según yo, era bastante alto,
pero me asignaron a un curso que estaba bastante por debajo de mi nivel de
conocimiento.
Resulta que en ese entonces la política del lugar era hacer que los nuevos estudiantes
empezaran de puestos más bajos para que gastaran más dinero en cursos.
Tramposos e injustos.
Ni modo,
continué con el curso que era aburrido y largo; para alguien con atención
dispersa e hiperactividad, como yo, esas dos horas eran tortuosamente largas.
Por lo que pronto dejé de ir.
La primera
vez, aproveché que tenía dinero y me fui al cine a ver “Robin Hood: Prince of
Thieves”, lo cual ahora me parece irónico ya que yo empecé a robarle dinero a
mi mamá de su fondo de dinero para gastos varios e ir todas las tardes al cine
a ver esa película. Nunca se me ocurrió pensar en las consecuencias de mis
actos.
Unos días
antes de que terminara el curso, llegó mi prima Ceci de visita, entre ella y su
mamá convencieron a mi papá para que yo pasara los días que quedaban de las
vacaciones en La Paz.
Los días
que pasé en La Paz no fueron de pura diversión. Tía Gladys, la mamá de Ceci,
nos llevó a ver cada noche una película de cine boliviano, todas de ideología
izquierdista; vi películas acerca de la “Masacre de Huanuni”, perseguidos,
exiliados, dictadura y sangre.
A mi
vuelta, el recibimiento en casa fue frío ya que cuando fueron al CBA a pedir
licencia por los últimos días del curso, les informaron que yo no había
asistido más que a dos o tres clases en total.
Mi mamá se
encargó de la reta y el castigo. Lo confesé todo.
Mi buena
fortuna fue que con tanta propaganda de izquierda que la tía me metió en la
cabeza, mi papá estaba más ocupado quitando toda esa programación y
redireccionándome hacia la ideología de derecha, como para preocuparse de castigarme
por lo que había hecho.
Otra
bendición fue que no tuve que volver al CBA sino hasta que tuve que tomar el
curso para el examen TOEFL de inglés.
Años
después me enteré de que mi papá y tía Gladys estuvieron años en una competencia
por mi cabeza, es decir, ella encontraba la idea de convertirme en izquierdista
de convicción un reto muy divertido, mientras que mi papá dejaba pasar un
montón de travesuras y cosas peores con tal de mantener mis ideales y
convicción en la derecha.
Se volvió costumbre
que, cada vez que yo volvía a casa después de pasar unos días con tía Gladys,
mi papá llamara a su hermana para reclamarle por algo izquierdoso que yo había
dicho en las últimas horas; ella riera a carcajadas y yo estuviera sumida en
confusión por no saber dónde estaba la verdad verdadera de lo que decían en las
noticias.
Tal vez por
eso me dedico a ver tantas noticias hasta el día de hoy.
Biología
Cuando
tenía 19 años, entré a estudiar Ingeniería Comercial en Univalle porque así lo
mandaba mi papá. Yo quería estudiar Veterinaria, pero mi papá me dio a elegir
entre Derecho y Administración de Empresas. Yo odiaba ambas opciones, pero
ninguno de mis hermanos logró convencer a mi papá para dejarles estudiar o
hacer lo que ellos querían, así que yo ni siquiera puse resistencia.
Ivi mencionó
que recién se abrió una nueva carrera, Ingeniería Comercial, y que era mucho
más moderna, así que, con la venia de mi papá, ahí entré.
Si bien
académicamente me iba un desastre, hice amigos desde el primer día y eso me
mantuvo en la universidad.
En el año
2001, no recuerdo cómo me enteré de que en San Simón existía la carrera de
Biología, pero un día fui al área de Tecnología, pagué poco más de Bs.300.- que
me tomó meses ahorrar, y me inscribí al examen de admisión para la Carrera de
Biología en el área de Tecnología.
Dos semanas
después estaba entrando al Coliseo de La Coronilla para tomar el examen; el
lugar estaba lleno, intercalando un asiento en cada grada y espacio había un
postulante; solo llevábamos un par de lápices, borrador, tajador y calculadora.
Matemáticas, física y química. Fue sencillo, me sorprendió lo sencillo que era y aprobé el examen.
Tomé las
clases que no se cruzaban con las de Univalle, y mi vida se convirtió en un
“thriller”. Al salir de Univalle, tenía minutos para llegar a San Simón, y
viceversa. La distancia era 10 cuadras en línea recta, y yo lo recorría
caminando rápido, a velocidad de Don Celso.
En cada
clase en Biología yo era feliz, extremadamente feliz, no me cambiaba por nadie;
probablemente brillaba de tan feliz que estaba. Académicamente, me iba bien,
tenía éxitos, yo hablaba con los profesores, ellos me respondían a las
preguntas y yo soñaba con trabajar en un laboratorio para estudiar bacterias o
irme al polo norte.
En medio de
mi felicidad, no noté que estaba enflaqueciendo. Si bien mis amigos en Univalle
sabían que estaba estudiando otra cosa al mismo tiempo que Ingeniería
Comercial, no entendían la belleza y perfección que me inspiraba un tubo de
ensayo, por lo que me mantenía en silencio.
En los
scouts, mis amigos habían dejado de ser mis amigos por tema de un ex chico;
eran amigos de él por más tiempo que de mí y por lealtad dejaron de hablarme;
excepto dos dirigentes de Pioneros que iban de vez en cuando. Ir a los scouts
había dejado de ser divertido, pero yo no me había dado cuenta de eso todavía.
En casa, mi
papá seguía enojado con el mundo porque dos años antes mi mamá murió; ello
significó que mi papá no soportara verme en casa. Aquellos días en los que yo
no tenía clases a las 7:45 am, también llamadas clases “de madrugada”, yo tenía
que fingir no estar en casa cuando mi papá iba a revisar mi cuarto, es decir,
yo dormía dentro del ropero porque mi papá solo revisaba que mi cama estuviera
vacía.
Era
estresante, cada vez que estaba en la calle corriendo entre una y otra
universidad tenía miedo de que mi papá me viera, añadiendo que dormir dentro de
un ropero empotrado no era cómodo, los scouts, y considerando que con todo este
correteo no me acordaba de comer sino hasta que tenía comida delante de mí, bajé
de peso. Pesando 44 kilos, me enfermé; principios de “crisis nerviosa” según me
dijo el doctor.
Ahí terminó
mi aventura en Biología; duró poco más de un semestre.
Estas no son mis únicas “pato-aventuras”, las confesiones de mis travesuras continuarán…
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