Travesuras en los Scouts I
El primer sábado que asistí a una reunión de los Scouts fue el 28 de noviembre de 1.989. La cantidad de travesuras en las reuniones, actividades y eventos relacionados a esta institución es “interesante”.
En ese entonces,
yo tenía 12 años, era sumamente tímida, introvertida y más o menos obediente, pero también era
propensa a tener accidentes por despistada y descoordinada.
Al llegar a
casa después de cada reunión o actividad, mi papá solía saludarme con un “¿Qué
te has hecho?”. A veces respondía con la verdad, normalmente no porque si analizaba
mis accidentes desde el punto de vista de un observador ajeno, aquello que
empezaba como un tropezón terminaba como una aparatosa ridiculez. Eso sí, hacía
reír a aquellos que estuvieran a mi alrededor.
En cierta
ocasión, los “Hermanos” (que era la forma en la que llamábamos a los dirigentes
encargados), organizaron una carrera de postas. Cada posta estaba dedicada a un
tema distinto, por ejemplo, en la posta de signos de pista, nos entregaron un mensaje
con instrucciones a seguir dibujado con signos de pista. En otra posta, debíamos descifrar
mensajes en clave de varios tipos, etc.
En una de las postas, teníamos que bajar por una pared de piedra una altura
alrededor de los 2 metros y continuar a las otras postas. Recuerdo que mi
patrulla estaba a la cabeza de la competencia, el resto de las patrullas de la
tropa de nuevos iba detrás nuestro; los únicos que nos llevaban la delantera
eran los de la tropa antigua, los infames “Ashantis”.
El momento de bajar por la pared mi Guía, Subguía y otra chica fueron primero,
yo quedé al final porque nunca había bajado por una pared. Cuando tocó mi
turno, empecé a bajar y llegué a un punto en el que mi cabeza estaba a unos 10
o 15 centímetros por debajo del borde superior y me congelé.
No recuerdo cuanto tiempo estuve ahí congelada y abrazando las piedras, no
recuerdo quiénes pasaron por mi lado o cómo lo hicieron; sé que en algún
momento mi patrulla se aburrió de esperar a que yo terminara de bajar y se fueron
a continuar la competencia, no recuerdo si los Hermanos que estaban cerca me
hablaron, si trataron de darme instrucciones o qué alternativas intentaron.
Solo recuerdo que uno de los Hermanos apareció a lado mío, colgado de un arnés
de cuerda y que empezó a soltar mis dedos de las piedras, uno por uno mientras
me hablaba en voz baja con palabras tranquilizadoras no recuerdo qué.
¿Alguna vez han
visto un dibujo animado en el que un gato se lleva tal susto que termina con los
pelos de punta, las patas abiertas y estampado contra la pared? Me imagino que
así lucía yo, porque cuando el Hermano me ayudó a doblar las rodillas e ir
bajando poco a poco hasta llegar al piso, mis dedos estaban blancos y tiesos,
me costaba trabajo doblar las rodillas, mis pies no me respondían muy bien
porque parecían estar dormidos y no tengo idea de cómo lucía mi cara.
Para mi sorpresa, la carrera ya había terminado y yo llegué a tiempo para
la formación final. En casa yo no conté nada a nadie, solo di explicaciones
poco precisas de alguno que otro rasguño y/o morete de siempre.
Pasaron meses antes de la siguiente actividad de cuerdas, pero cuando
aprendimos a hacer descensos con arneses de cuerda, la cantidad de Hermanos
presentes como equipo de apoyo se triplicó.
Aquello que me pasó en la pared de piedra, hoy se lo reconocería como “respuesta de lucha, huida o sumisión” (fight-flight or fawn syndrome); pero en ese entonces, dudo que alguien que no haya sido psicólogo o estudiante del área supiese algo del asunto.
Llevo en mi corazón a los Hermanos del Grupo Scout
Murray Dickson, de ese entonces.
En cambio,
cuando yo llegué a la etapa de dirigencia y los scouts me llamaban Hermana,
afortunadamente nunca tuve un scout que se congele de esa forma. Claro que yo
tampoco le pedí a ninguno que bajara por esa bendita pared de piedra porque
para ese entonces había acumulada una montaña de pasto seco junto a esa pared y
la altura a “descender” era poco menos de un metro.
Entre las
cosas que sí tuve que enfrentarme fue a la vez en la que un muchacho, de alguna,
forma se cortó con un metal oxidado detrás de la oreja.
Ese día aprendí
que encontrar un banco de vacunas abierto y con disponibilidad de vacunas
contra el tétanos, durante el sábado por la tarde y sin internet era una
aventura. Afortunadamente, el muchacho fue vacunado, la herida desinfectada y
vendada. Su mamá fue muy comprensiva al escuchar mi explicación cuando acompañé
al muchacho a su casa y mostrarle la avería.
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