La Voz

 Esta memoria es de una época no muy pasada.

Alrededor del año 2.010, a mi hermano mayor se le metió en la cabeza la idea de usarme como bolsa de boxeo psicológico, es decir, descargar su estrés conmigo.

Todo empezó bastante inocentemente, una broma aquí y allá; luego las bromas empezaron a tomar un tinte más fuerte e hiriente, cosas como “¿Te pusiste perfume? Hueles a gato”, “¿El cuarto está desordenado? La Susi debió pasar por aquí” o “¿Te pusiste maquillaje? Pareces payaso”. Mejor no comento acerca de lo que decía respecto a mi vestimenta ya que quiero mantener este blog sin palabras soeces.

Cada instante que estábamos juntos en casa o comiendo en un restaurante por el almuerzo familiar de los domingos los ataques continuaban. Para mí, era una pesadilla que nunca parecía acabar ya que, de las bromas, mi hermano mayor pasó a los insultos y finalmente a los gritos. Aquel que diga que los puños duelen más que las palabras, nunca se ha enfrentado a una personalidad así de tóxica.

En ese entonces, yo esperaba que alguien me ayudara, que alguien viniera a rescatarme porque yo me sentía victimizada, pues, por mucho que pensara, no lograba encontrar una explicación del porqué, mi hermano mayor había dejado de quererme.

Hice un de todo para evitar escucharlo: audífonos en mi oído derecho, si él se sentaba a mi derecha, inventarme turnos de trabajo en mis días libres y hablar con mi papá explicándole lo injusto de la situación. El estuvo de acuerdo conmigo, pero el tiempo pasaba y mi papá no decía nada en absoluto en mi defensa.

Cierto día, mi hermano mayor me gritó que nunca más me volvería a hablar.

Para mí, eso significaba “paz”, lastimosamente, al día siguiente, a la hora del almuerzo, él se apareció en casa; cuando empezó a criticar no recuerdo qué yo perdí la paciencia y le grité algo parecido a “Dijiste que no me hablarías más, ¿Qué estas haciendo ahora? ¿No entiendes el significado de tus propias palabras? Idiota”.

Con eso, mi hermano mayor se quedó en silencio. Yo crucé la cocina con el plato de sopa de mi papá en las manos hilvanando en mi cabeza una disculpa para mi papá por lo que debió escuchar; pero en cuanto entré al comedor, mi papá estaba de pie con una sonrisa de oreja a oreja.

En ese momento, no lo entendí, pues mi asombro y confusión era tan grande como su sonrisa. Lastimosamente, tuvieron que pasar muchas más cosas, como gritos, amenazas, extorsiones, y años antes de que comprendiera el mensaje de mi papá:

El mensaje era “Responde y defiéndete porque tú puedes hacerlo”.

Al mensaje de mi papá yo lo completo con: “La princesa se rescata a sí misma”.

En algún lado leí que es mejor decir lo que piensas cuando algo te moleste que decirlo cuando pierdes la paciencia, por que si lo dices cuando algo te molesta, lo dirás con tus mejores palabras y no con tus palabras más hirientes cuando la ira te controle.

Aprender a decir lo correcto en el momento preciso toma tiempo y práctica, pero por algún lado hay que empezar. Yo empecé por “mirar feo” al conductor de un micro que se detuvo sobre un paso de cebras y me dejó solo con la opción de esquivar los carros que venían por la calle perpendicular o ir por detrás del micro.

La siguiente vez, le grité a un chofer de trufi “Stinky so and so”. No se me ocurría qué más gritar, así que eso salió desde lo más profundo y se llevó no solo mi enojo, sino también mi miedo.

Hace unos años, mi tía Zaida dijo “Haz lo que quieras hacer porque aquellos que te quieran criticar, lo harán de todas formas”

Una de mis personas favoritas en el mundo es un comediante y maestro de ceremonias Sur Coreano de nombre Yoo Jae-Seok. Gracias a él aprendí que cuando alguien critica por cualquier cosa, yo respondo: “¿Y qué?” y si me salen con algún otro ataque, yo contrataco con “Ese es mi estilo”. Normalmente eso deja callados a los criticones porque nada pueden hacer contra alguien que se muestra segura de sí misma.

También he aprendido que aquello que no lo dices por timidez, educación, o por cualquier otra razón, y te lo tragas, solo te hace daño a ti al convertirse poco a poco en enfermedades. Además, que tu silencio es malentendido por bullies y otros tóxicos como una invitación a decirte y hacerte cada vez cosas peores.

Parte de nuestra magia interior se escucha por aquello que decimos, si bien algunas veces nuestras palabras pueden meternos en problemas, otras tantas nos sacan de aprietos.

Nuestra voz es preciosa, nos debemos a nosotras mismas aprender a utilizarla.

 

 

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