Santos Inocentadas: La Venganza
Era sábado, recuerdo que mis hermanos me dejaron la tarea de ver cómo reaccionaba mi papá.
El viernes
por la noche, mi tarea era mantener ocupado a mi papá para que no saliera al
patio. Eso era sencillo, una vez que mi papá se sentaba a leer el periódico o un libro y
medio ver la televisión, no se movía del lugar hasta la hora de ir a dormir.
El sábado
por la mañana, casi me duermo, pero salí corriendo justo a tiempo para abrir la
puerta del garaje; mi papá entró a su camioneta blanca, prendió el motor, por
consiguiente, la radio empezó a sonar a todo volumen en la estación de “Radio
Panamericana”. Conectó reversa y se inclinó al costado para abrir rápidamente
la ventana del lado del pasajero mientras la camioneta debía empezar a
retroceder. No pasó nada, la camioneta seguía en su lugar.
Mi papá levantó
la cabeza y miró a ambos lados. Yo me reía a carcajadas detrás de una de las
puertas del garaje. Mi papá aumentó la potencia, no pasó nada, la camioneta no
se movía. Después de unos minutos de casi poder ver signos de interrogación
bailando alrededor de su cabeza, salió de su camioneta y empezó a revisarla; el
misterio fue resulto en cuanto se agachó y vio debajo de la camioneta:
Heque se dio
a la tarea de elevar las llantas traseras de la camioneta uno o dos centímetros
del piso y dejar las llantas equilibradas sobre unas maderitas amontonadas.
Me alegra
haber reído a carcajada limpia porque en cuanto mi papá se dio cuenta de lo que
sucedía, fui yo la que tuve que dejar de reír y meterme debajo de la camioneta,
aprender a usar la gata y quitar esas maderitas mientras mi papá me daba las
instrucciones necesarias para hacerlo.
El “Día de
los Santos Inocentes” terminaba a medio día del día siguiente. Luego de años de
bromas e inocentadas perpetradas por mi papá, mis hermanos Heque e Ivi se
unieron en venganza. Antes de que mi papá pudiera empezar a hacer bromas, mis
hermanos comenzaron su ofensiva.
Llegó el
almuerzo, donde todos terminamos riendo cuando mi papá contó lo sucedido[1].
Temprano en
la tarde, mi papá empezó a alistar sus cosas para irse a jugar tenis, uno de
los preparativos era untar bloqueador solar en toda su cara, en cantidad
suficiente como para pensar que llevaba encima una máscara. Ivi le cambió el
bloqueador solar por crema de manos; no se a qué hora se dio cuenta mi papá de
lo ocurrido, pero recuerdo que al salir de casa, mi papá olía a flores.
La
siguiente anécdota, nos la contó mi papá ya que solo él y sus amigos fueron
testigos del momento en el que mi papá trató de sacar su raqueta de tenis de su
estuche, solo para descubrir que ésta estaba cosida al forro del estuche.
Según nos
contó, primero se rieron los tres amigos que tenían que jugar un partido de
dobles con él, luego el chiste llegó a los jugadores de las canchas adyacentes
cuando preguntaron si alguien tenía un cortaplumas o tijera para cortar los
hilos; y finalmente se rieron los pasa-pelotas cuando mandaron a uno a la
cocina del Club de Tenis a prestarse un cuchillo.
La última
broma ocurrió unos días después, cuando mi papá estaba en la ferre charlando
con un cliente cuando, al ofrecerle un cigarrillo, el cigarrillo de mi papá
empezó a soltar chispas y explotar como fuego artificial. Heque escondió
chispitas en un cigarrillo.
Tío Cesar
nos contó que primero mi papá se asustó, luego botó el cigarrillo al piso, lo
pisó y finalmente lo puso en un vaso con agua. El cliente trataba de no reírse mientras
tío Cesar tenía un ataque de risa de forma callada junto a la vitrina y los
otros empleados desaparecían hacia el depósito, seguramente con el propósito reírse
a ocultas.
Cada año,
Heque escondía chispitas en los cigarrillos de mi papá, por lo que creo que
este episodio fue mucho antes de “la venganza”. Llegó un momento en el que mi
papá ya consideraba “normal” que sus cigarrillos explotaran de vez en cuando.
Recuerdo
que después de esta venganza, mi papá dejó de hacerle bromas a Ivi por un
tiempo y luego cambió el repertorio o empezó a hacerme bromas a mí. En todo
caso, era divertido, ya sea que uno reía, todos terminábamos riendo,
eventualmente.
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