Santos Inocentes II
Pensar en Don Celso solía ponerme triste y hacerme llorar porque lo extraño; sin embargo, estos días pensar en mi papá me hace sonreír, no porque ya no llore su muerte, sino porque me regaló tantos recuerdos, memorias y travesuras que es difícil no sonreír al recordar todo el amor que nos demostró a través de bromas e inocentadas. Siendo justos, también nos hacía reír a las víctimas porque la risa de mi papá era jovial y traviesa.
Continuando
con las bromas e inocentadas, aquí detallo unas pocas más que vienen fácilmente
a la memoria:
1. Llevarme de paseo. Cada vez que mi papá salía a
trabajar, la costumbre y el cariño indicaban que alguien abra y cierre la
puerta del garaje para que él pudiera sacar su camioneta e ir a su trabajo.
Durante las tardes, ese “alguien” normalmente era yo. Una vez que mi
papá sacaba su camioneta, yo me acercaba a la ventanilla del conductor y metía
mi cabeza para darle un beso de despedida en la mejilla; normalmente yo
necesitaba saltar para alcanzar su mejilla.
¿He mencionado que mi papá tenía el don de inventarse bromas en
cualquier situación?
Un día, yo muy inocentemente apoyé mi brazo derecho en el marco de la
ventanilla, pero antes de que pudiera saltar y darle el acostumbrado beso de “Chau”,
Don Celso, me sujetó el brazo con su mano derecha y mientras lo mantenía tieso en
ese lugar, empezó a acelerar.
Yo estaba fuera de la camioneta, primero trotando y luego casi corriendo
mientras yo gritaba: “Don Celso!!!”. Antes de que la camioneta llegara a la
esquina, me soltó y riendo grito: “¡Chau!”, para volver a acelerar e irse.
Esta broma se repetiría cada vez que él se acordaba, pero con algunas
variaciones.
Si Doña Adela “Doña” se encontraba cerca, ella cerraba la puerta del
garaje mientras yo me encontraba “ocupada” corriendo, de tal forma que al
volver, yo tenía que tocar el timbre para volver a entrar a mi casa, mientras
la Doña se reía a carcajadas.
En caso de apoyar mi mano, mi papá me agarraba la mano mientras me llevaba de paseo hasta casi la esquina; a veces yo era más rápida y al momento de saltar, usaba mi mano derecha para despeinarlo, a lo que él invariablemente respondía “¡Imilla y cuernos!” y se iba hasta la esquina, se detenía para peinarse y continuaba su camino.
2. Cambiar coca cola por vino. Esta fue una broma de oportunidad;
durante un viaje en avión, mi papá estuvo sentado junto a una de las nietas,
Natalia, cuando una azafata se acercó a preguntar si deseaban algo para tomar,
mi papá pidió vino y Natalia pidió “Coca Cola”.
Natalia estaba enfrascada leyendo un libro por lo que no prestó a
tención a las acciones de mi papá antes de que él, levantando su vaso, le
dijera: “Salud”. Natalia, levantó su vaso y replicando con otro “Salud” tomó un
sorbo para descubrir que mi papá había cambiado los vasos tomando él la “Coca
Cola” y Natalia el vino. La broma culminó cuando Natalia gritó: “¡Abuelo!” y el
abuelo se río a carcajadas.
3. Sustos. La cantidad de veces que mi papá silenciosamente
se acercó por detrás, salió de un cuarto de improvisto o llamó nuestros nombres
en voz regularmente alta para obtener de recompensa un grito de sorpresa, es muy
cuantiosa.
Por ejemplo, durante el mismo viaje familiar, pero en un tramo aéreo distinto,
mi papá y yo estábamos sentados uno junto al otro; yo estaba leyendo una novela
de suspenso y muy concentrada en la trama cuando mi papá dijo: “Susi”, en una
voz medianamente alta, yo pegué un grito que se escuchó en medio avión. Mi papá
se rio a carcajadas disipando cualquier curioso en la cercanía.
4. Pelotitas de miga de pan. Antes de que mi papá empezara con la
costumbre de tomar mate después de almorzar, él tomaba media tacita de café con
pan.
Don Celso, siempre vigilante de aquello que comía, tenía la costumbre de
remover la miga del pan que se comería ese día y mientras la charla de
sobremesa continuaba, mi papá se dedicaba a hacer pequeñas pelotitas de miga de
pan que luego utilizaba de proyectiles contra todo aquel que le tomara el pelo,
tanto en sentido literal como figurado.
Es por ello que, cada almuerzo se terminaba en una batalla de pelotitas
de miga de pan.
A pesar de que cada día se limpiaba la mesa, a veces quedaba una que
otra pelotita de miga de pan oculta en un recoveco, si alguien tenía la suerte
de encontrarlas, el que recibía el proyectil solía exclamar de dolor porque la
miga de pan endurece como piedra; esto resultaba en carcajadas generales ya que
nadie lanzaba con fuerza o con la intención de hacer daño.
Servilletas de tela también volaban con frecuencia a falta de
municiones, lo cual acarreaba una exclamación de mi mamá en tono de media broma,
media reprimenda, a lo que Don Celso rápidamente se lavaba las manos con un: “Muchas
gracias, buen provecho” y se iba a hacer su siesta.
5. Cosechando frutas, afinando la puntería.
En una entrada
anterior, expliqué como mi papá utilizaba mi cercanía para afinar la puntería
mientras exprimía medio limón. A mi papá le gustaba cosechar frutas con un “cosechador”
de mango largo en la Huerta de Capinota.
Era común que cuando cosechaba, en caso de encontrarse alguien cerca, él
trataba de afinar la puntería de caída de la fruta en la cabeza del inocente.
Yo recibí algunas frutas en los hombros y cabeza, pero también lo
hicieron tía Gladys o tía Sonia.
No puedo decirlo con certeza ya que no lo recuerdo bien, ambas estaban
presentes; los miembros de la “Primera Plana” se gastaban bromas mutuamente y
constantemente.
Si bien las bromas e inocentadas
aquí descritas eran iniciadas y ejecutadas por mi papá, casi no incluyo las “respuestas”
de las víctimas. Reservo esas memorias y travesuras para la siguiente entrada
titulada “La Venganza”.
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