Arang

Cuando murió mi papá, esos primeros días, la soledad y el silencio eran insoportables. Si bien mi casa es pequeña en comparación a la casa donde crecí, la notoria ausencia combinada con la cantidad de recuerdos acumulados, hacían que los días se hicieran largos e insostenibles. No tengo palabras para describir cuanta falta me hacía tener cariño alrededor.

A la semana del entierro, yo ya estaba trepando las paredes con la desesperación de estar sola; afortunadamente, muchos meses antes yo había planeado ir a un concierto de K-pop en Lima. Eso me mantuvo cuerda hasta que volví del Perú, la banda era Big Bang y el concierto fue el mejor de mi vida.

En cuanto volví a casa decidí adoptar un perro, no me importaba qué raza, tamaño o color, con tal de que sea hembra, el resto no me importaba. Mi novio se enteró que el Refugio “San Martín de Porres”, tenía una feria de adopción cada domingo en El Prado. Me convenció de esperar hasta el domingo de esa semana por que yo estaba desesperada por salir a buscar un perro de inmediato.

Llegó el domingo y fuimos al lugar de la Feria de adopción, habían perros de varios tamaños y razas, yo los quería a todos. La voluntaria a cargo me preguntó si tenía alguna preferencia, mis palabras fueron: “Vivo en un departamento, mi papá ha muerto y yo necesito a alguien a quien cuidar”.

Ella me llevó a un costado y me dijo: “Esta mañana tuve un presentimiento y decidí traerla”. En una jaula azul había una pequeña perrita; la voluntaria abrió la jaula y lo siguiente que vi fue una mancha blanca y peluda que se subió a mi cabeza; a fuerza de garras se quedó abrazada de mi por encima de mi campo visual.

No dejando que la desprendiera o reacomodara para poderla ver, yo dije: “Si, me la llevo”. La voluntaria se río de mí, me pidió mis datos personales y me dijo que me visitaría en dos semanas para asegurarse de que todo estaba en orden.

También me dijo que su nombre era “Nieves”, la recogieron de la calle, estaba desnutrida por lo que la hicieron engordar lo suficiente para que aguantara la cirugía donde le extirparon los dos tumores que tenía, además de esterilizarla. Cuando la adopté, pesaba 2 kilos 300 gramos. Era pelo y huesos.

Llegando a casa, lo primero que hice fue arreglar su cama mientras le ofrecía varias alternativas de nombres; ninguno de los nombres que le ofrecí le produjeron algún tipo de respuesta. Nombres en español e inglés fueron descartados, luego pasé al coreano, la lista de palabras y nombres que sabía era corta; afortunadamente, cuando dije “Arang” ella batió la cola.

En ese tiempo, “Arang y el Magistrado” era mi drama favorito.

La prioridad en ese tiempo era hacerla subir de peso, un veterinario me recomendó una dieta especializada y la aventura comenzó.

 Arang tomó para si todo el amor que yo tenía para dar, ella necesitaba un montón de cuidados médicos, tenía gran cantidad de traumas y miedos. Arang le tenía terror a la escoba y a todo lo que tenga un mango, a vomitar, se ahogaba al tomar agua, su mandíbula inferior parecía desencajarse de tanto en tanto y parecía perder la vista cuando salíamos a caminar.

Jamás mascaba su comida, no le importaba cuan grande sea el pedazo, simplemente lo tragaba entero. Por ella, yo adopté un montón de cambios en mi vida: la escoba fue remplazada por una aspiradora, empecé a tener cuidado cuando usaba el trapeador o el matamoscas. Cada vez que ella empezaba a vomitar, Arang salía corriendo a esconderse, yo corría detrás de ella para calmarla. Descubrí que ella tendía a ahogarse menos cuando tomaba agua de un plato a la altura de su cabeza; no había nada que hacer cuando su mandíbula se desencajaba o cuando su vista se iba, por lo que solo le hablaba y acariciaba cuando ello sucedía.

El problema de la vista paulatinamente desapareció con el tiempo, lo que me hizo pensar que eran ataques de pánico, mientras que el problema con su mandíbula ocurre de tanto en tanto. Como nunca logré que mascara su comida, me aseguro de que todo lo que coma este cortado en pedacitos pequeños.

Por su parte, Arang me dio un sentido de estabilidad, ella equilibró mi energía; cada vez que ella me ve llorar, Arang lame mis lágrimas, ella sabe cómo hacerme reír, me cuida.

Creo que la primera vez que ella me aceptó por completo fue una noche en la que yo me empecé a ahogar en sueños, mi garganta o tráquea se cerró, no sé cómo describirlo, simplemente dejó de entrar aire a mis pulmones y no podía respirar por la nariz o por la boca. Me ocurre de tanto en tanto; mi solución es ir a apoyarme en una pared y empezar a balancearme con la intención de golpear mi espalda contra la pared, tan fuerte como pueda aguantar. Es como si la pared me diera golpecitos en la espalda, eso hace que mis vías respiratorias se “abran” y yo pueda respirar nuevamente.

Cuando Arang me vio golpearme contra la pared en medio de la noche y tratando de respirar, me miró con una expresión de entendimiento, ella vio que yo entendía a la perfección lo que se sentía ahogarse, desde entonces, cada vez que se empieza ahogar, viene a buscarme, sabe que yo la ayudaré a respirar.

Antes de que yo empezara a cortar su comida en pedacitos pequeños, Arang tenía la costumbre de “esconder” algo de su comida para después. Una sola vez escondió un hueso en la calle, la sorpresa de que este hueso desapareció de un día para el otro, fue suficiente para que no lo volviera a intentar. Después de eso, tuve la experiencia de encontrar un par de pedazos de pollo escondidos entre mis sábanas, no fueron una agradable sorpresa.

Arang nunca destrozó algo de casa, tampoco ninguna de mis posesiones, excepto mis pantuflas en forma de peluche. Arang nunca tuvo muchos dientes por lo que la pérdida de mis pantuflas es un intercambio aceptable.

A Arang le gusta dormir usando mis piernas como almohada, no es amable cuando me muevo mientras duermo, primero gruñe y si sigo moviéndome, me muerde; ello conlleva a que yo despierte y le muerda de vuelta. Eso nos deja en términos iguales por lo que podemos volver a dormir. Ella tiene su cama, normalmente empieza la noche con ella durmiendo en su cama, pero en la mañana, cuando yo despierto, ella esta invariablemente durmiendo, pero usándome de almohada.

Hace doce años que adopté a Arang, ella tiene alrededor de 16 años de perro o 112 de humano. No me hago ilusiones acerca de su longevidad, la cantidad de lecciones de amor, paciencia y lenguaje que me ha dado son incontables. Nunca he querido a un no-humano como la quiero a ella.

Arang me escogió, ella vino a mi cuando yo necesitaba desesperadamente cuidar y querer a alguien. Arang es mi pedacito de cielo, un ángel con cuatro patas que no duda en caminar sobre mi cara cuando yo estoy durmiendo si ella necesita que le ayude porque le duele algo.

No sé cuanto tiempo nos quede juntas, mientras escribo esto, sigo aprendiendo a dejarla ir. A veces pienso que ella está esperando algo específico antes de irse a casa, a veces sospecho que sé lo que es, a veces no tengo ni idea; el tiempo lo dirá, incluso si estoy en lo cierto y sé que es lo que ella está esperando, no lo diré aquí.

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