Travesuras en Capinota
Cuando era niña, cada fin de año iba a Capinota a pasar unas semanas gracias a mi tía Gladys que tenía la costumbre de ir con sus hijos Ale y Ceci, mis primos.
Recuerdo
que mi papá una vez me dijo que yo había nacido sin el gen del orden. Tía
Gladys es ordenada, por lo que todos alrededor deben serlo también para que
exista harmonía. Durante las semanas que pasaba con ellos, yo desarrollaba el
famoso “Gen del Orden” o algo parecido, suficiente para mantener la harmonía,
más o menos… ok, mejor me detengo aquí o esta entrada se terminará titulando “Las
veces que le saqué canas verdes a la tía Gladys”.
Cada día
por la mañana, las actividades en la casa estaban enfocadas a la limpieza y
orden, luego almuerzo, lavado de platos y finalmente libertad hasta la puesta
del sol. Luego cena, un poco de lectura y a dormir.
Capinota
era en ese entonces un poblado pequeño, a pesar de haber crecido
demográficamente desde entonces, nunca ha sido un lugar con muchas opciones de
diversión y turismo; estas opciones se reducen a:
·
El
Rio Capinota,
·
La
Plaza,
·
El
Cementerio,
·
El
Calvario.
En teoría
también existía El Molino, solo que nunca lo pude encontrar.
El Rio
Capinota era la principal atracción turística puesto que es afluente del Rio
Caine, en época de lluvia suele contar con un gran caudal capaz de llevarse por
delante automóviles y puentes, bueno, antes se llevaba carros y puentes, ahora
el camino va por otro lado. Los bordes son pedregosos y enlodados, perfectos
para jugar y llenarse de barro y lodo, si a uno le gusta este tipo de
actividades.
La Plaza, era
un lugar pintoresco por ser una plaza de pueblo, con árboles, flores y un
quisco en el medio; la iglesia al oeste, la Alcaldía y estación policial al sud,
el hotel a lado de la funeraria hacia el norte y la casa/ tienda de la tía
Delia al este, un lugar donde uno podía encontrar todo lo que necesitaba y
cosas que uno no se imaginaba que existían; el lugar era mágico.
El
Cementerio, donde están enterrados nuestros antepasados y algunos tíos y,
finalmente, el Calvario o Cerro Po’cotaica, que tenía una cruz en la cima
porque hasta ahí llegaban las estaciones durante la procesión religiosa de
Semana Santa.
No recuerdo
qué edad tenía cuando Ale, Ceci y yo nos dispusimos a investigar los cerros
cercanos puesto que en los primeros dos días ya habíamos explorado tres de las
cuatro las atracciones turísticas de Capinota.
El primer
cerro que exploraríamos sería el Cerro Po’cotaica. Teníamos la intención de
subir hasta la cima del Calvario, el camino era muy largo, con curvas y en
forma de una zeta continua; pronto nos aburrimos, pero llegamos a la cima.
Bonita vista.
Ahora a
bajar, pero no por el camino, sino a campo traviesa; Ale nos enseñó a clavar el
talón en la tierra para formar una grada donde apoyar el pie y no resbalar.
Cabe aclarar que la ladera del cerro que se encontraba frente al pueblo estaba
desprovista de plantas, era pura tierra y piedra pizarra; este tipo de piedra
es fácil de romper y por tener la superficie plana, resbala fácilmente.
Ale, Ceci y
yo empezamos a descender; Ale y Ceci más rápido que yo porque iban de pie, yo
era muy insegura de mí misma, no me gustaba la velocidad y menos las alturas
por lo que bajaba de cuatro patas, mirando al frente y con los brazos
extendidos hacia atrás, clavando los dedos de mis manos en la tierra, pero sin
llegar a sentarme y clavando los talones, tal como Ale nos había enseñado.
Cuando Ale y Ceci estaban cerca a dos metros delante mío, Ceci se resbaló, cayó
sentada y por alguna razón no alcanzó a frenar con los talones puesto que
empezó a descender por la ladera sentada y rebotando levemente hasta que el
camino detuvo su deslizamiento acelerado. Esto debió durar unos cuatro o cinco
segundos.
No corrimos
a socorrerla porque Ale parecía una estatua y yo porque parecía un cangrejo
congelado; tampoco nos reímos sino hasta que todos estuvimos en tierra firme.
Volvimos a la casa, donde explicamos todo entre risas y aunque Ale y yo
continuamos saliendo cada tarde a explorar los cerros cercanos, Ceci ya no
quiso acompañarnos, Ceci desarrolló el gusto por quedarse en casa y tener
cuidado al sentarse.
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