Travesuras de Don Celso: Santos Inocentes
No es feriado, tampoco es un día que recibe mucha observancia social o estatal, pero son 24 horas donde las risas de un lado se enfrentan a suspiros de frustración y algunos dolores de cabeza del otro. Santos Inocentes comienza al medio día del 28 de diciembre y termina al medio día del 29 del mismo mes.
En anteriores
entradas, mencioné que, a mi papá, Don Celso, le gustaba hacer bromas, considerando
la observancia que tenía con la “festividad” de los Santos Inocentes, a continuación,
describiré algunas bromas y la reacción de aquellos que las recibimos.
Es importante
resaltar que mi papá nunca fue cruel, no recuerdo que alguien haya terminado
llorando o emocionalmente herido por ser blanco de estas inocentadas; nunca nos
negó el derecho a “tomarle el pelo”, a veces literalmente.
1.
Cama Rusa. La cama rusa
consiste en quitar la sábana de arriba y remplazarla por la sábana de abajo doblada
por la mitad para que la parte que normalmente está a los pies de la cama, se
vea doblada sobre las frazadas. De esta forma, cuando la persona trata de echarse
a dormir, se encuentra imposibilitado a hacerlo ya que el espacio donde entran
las piernas, se encuentra bloqueado por el doblez de la sábana.
Al receptor de la broma, no le quedaba otra que volver a tender la cama,
esta vez buscando la segunda sábana.
Siendo mi hermana Ivi la principal receptora de esta broma, tantas veces
que perdió la cuenta, llegó a revisar la cama antes de siquiera considerar
echarse a dormir.
Algunas veces ella salía de su cuarto para arrojar una almohada a mi papá,
o despeinarlo mientras él se reía a carcajadas.
El detalle es que Ivi siempre ha sido ordenada y pulcra; la única vez que mi papá me hizo la broma de la cama rusa, yo simplemente jalé las frazadas, me envolví como un taco y me eché a dormir. Recuerdo que mi papá entró a mi cuarto en busca de la razón del por qué yo no había salido de mi cuarto en busca de venganza y cuando me vio envuelta como un taco, simplemente suspiró, se dio la vuelta y salió de mi cuarto cerrando la puerta.
2.
Zapatos y cartera oculta. Nuevamente, la receptora de este tipo de broma fue Ivi. Antes de salir a
trabajar por la tarde, tanto Don Celso como Ivi, tomaban una siesta de 10 a 15
minutos. Aquel que se levantaba primero tenía la ventaja sobre aquel que seguía
durmiendo.
Las veces que mi papá se levantaba primero, no era inusual que ocultara los
zapatos o cartera de Ivi en la cornisa de alguna puerta, o en algún lugar no
muy transitado dentro de la casa.
Esta broma no recaía solo durante la “festividad” de Santos Inocentes, sino
durante el año redondo.
La venganza era, normalmente, despeinar el eterno y bien mantenido peinado de mi papá. Y una vez despeinado, correr antes de que pueda tomar represalias, es decir, responder con más bromas. Simplemente escucharlo exclamar: “Imilla y cuernos!” o “Imilla y porras!” era suficiente para establecer una tregua.
3.
Locoto
en la cuchara y/o locoto en la sopa. Los recipientes de este tipo de broma variaban de acuerdo a la cercanía en
la mesa del almuerzo, siendo una mesa redonda, mi papá atacaba a la persona que
estaba sentada justo a lado suyo; si mi mamá estaba almorzando con nosotros,
entonces ella recibía la sorpresa, sino lo era yo.
Al momento de servir la sopa, mi papá recibía el primer plato, luego iba
por orden de edad. Mi papá siempre tenía un platillo con locoto picado junto a
él.
La broma consistía en pasar la cuchara del vecino sobre el locoto picado
para que algo del jugo se quede impregnado; mientras servíamos los platos en la
cocina, mi papá contaba con la oportunidad de ejecutar la broma.
El momento de dar el primer sorbo a la sopa, el labio inferior o la lengua del
“inocente” entraba en contacto con el jugo del locoto causando picor y sorpresa
al no esperar que la comida esté picante.
Mi mamá solía saltar por la sorpresa, yo aprendí a cargar una cuchara de
repuesto en el bolsillo antes de sentarme a comer ya que esta broma podía darse
en cualquier momento del año redondo.
Las veces que mi papá escondía pedacitos de locoto en mi sopa, se comportaba sospechosamente desinteresado de la charla en la mesa mientras me miraba de reojo hasta que yo me “encuentre” con la sorpresa. Luego él reía a carcajadas.
4.
Jugo de limón en el ojo. Al terminar el almuerzo, Don Celso, solía tomar una taza de mate a la cual
él añadía el jugo de medio limón que él mismo exprimía. Las primeras veces que
exprimía el limón y una gota casualmente me llegaba al ojo, fueron catalogados
como accidentes; sin embargo, al ver mi reacción, mi papá empezó a practicar la
puntería.
Eventualmente, dejó de disculparse mientras reía para elogiar cuán claros estaban mis ojos gracias a la “ayuda” del limón.
5. Freno en seco. Cada vez que mi papá conducía y el asiento del pasajero iba ocupado, pobre del pasajero si no estaba con el cinturón de seguridad puesto o el pasajero no estaba prestando atención. A Don Celso le gustaba frenar en seco para “despertar” al pasajero, acelerar en curvas y pasos a nivel para crear un efecto de Montaña Rusa; y si Ivi o yo estábamos tratando de aplicarnos maquillaje, invariablemente, mi papá frenaba más de lo normal para que el lápiz labial y/o delineador se salga del área de aplicación requerida y causando manchas y rayones de colores en nuestras caras.
6.
Carreras de autos. A
mi papá le gustaba hacer carreras en auto, si Ivi estaba conduciendo en su
carro, mi papá se las ingeniaba para posicionarse justo delante de ella y detenerse
en seco frente al semáforo, aunque éste esté en luz verde; una vez que el
semáforo cambiaba a amarillo, mi papá aceleraba dejando al contendiente
atrapado en la luz roja.
Cuando empecé a describir
algunas “inocentadas”, no me di cuenta de la gran cantidad que vendrían a mi
memoria, por lo que corto aquí; en la siguiente entrada, con suerte, cubriré el
resto de las bromas más comunes. Planeo dedicar una entrada completa a “La
Venganza”.
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